Jueves, Noviembre 23, 2017
   
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Destino La India

Rocío Ovalle siempre ha tenido la convicción de que es posible cambiar el mundo, por eso un día decidió dejar su puesto de periodista en Barcelona para dedicarse a ayudar a los demás. A sus 26 años trabaja como cooperante en la Fundación Vicente Ferrer en la India aportando su granito de arena para conseguir una sociedad más justa y humana.

Natural de Bembibre y entusiasta de las nuevas culturas, Rocío ha realizado varios viajes profesionales a Ecuador, Bosnia i Herzegovina y Reino Unido. Su familia es lo que más echa de menos estando tan lejos de casa, por eso intenta visitarlos al menos dos veces al año. Cuando piensa en su tierra siempre se acuerda de la cecina de León y del vino de El Bierzo.

 

¿Cómo surgió la idea de trasladarse a la India? ¿Cuánto tiempo lleva allí?

Llevaba tres años enviando mi currículum a la Fundación Vicente Ferrer (FVF) y al final me seleccionaron para un puesto de voluntaria en el departamento de comunicación en la India. Entonces llevaba la comunicación de un festival de cine y un documental, e iba a comenzar también a hacerlo en un teatro. Me gustaba mucho mi trabajo, pero decidí dejar mi vida en Barcelona por cumplir mi sueño: hacer periodismo social en terreno y vivir otras culturas. Lo importante en la vida es hacer lo que uno siente. Y poder subsistir, claro está. A los seis meses me hicieron cooperante y ahora llevo un año y medio aquí.

 

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¿A qué se dedica en la India? ¿Cómo es su día a día?

Me encargo de coordinar el departamento de comunicación en la India, escribir noticias y reportajes para la web y la revista de la Fundación, además de organizar las visitas de medios de comunicación, entre otras muchas cosas. Paso la mitad del tiempo en la oficina y la otra mitad visitando los proyectos de la organización y conociendo a personas increíbles que me han enseñado mucho sobre nuestra capacidad para adaptarnos a un entorno hostil, así como reflexionar sobre los valores que toda sociedad debería tener.

Trabajo de lunes a sábado y es muy difícil desconectar de la oficina. Vivo en una zona rural donde el ocio es muy limitado, pero aprovecho cada rato que puedo para ir a ver una película de Tolywood (Bollywood pero en telugu, la lengua de Andhra Pradesh), aprender a cocinar comida india, nadar en la piscina que acabamos de descubrir o visitar algún templo o algún pueblo cercano.

 

¿Por qué dedicarse a la comunicación para el desarrollo?

Mi trabajo es ilusionante porque veo y comunico que podemos construir una sociedad más justa y más humana. Trabajo con un grupo de personas, indios y españoles, que creen y demuestran a diario que cambiar las cosas es posible. Hay numerosos ejemplos de iniciativas que mejoran la vida de las personas tanto en los países del norte como en los del sur a pequeña y a gran escala, como el consumo colaborativo, la banca ética, las cooperativas o la economía del bien común, por citar algunos ejemplos. Tan importante como llevarlas a cabo es explicarlas porque lo que no se comunica no existe, especialmente cuando los medios convencionales, en manos de empresas con intereses, nos bombardean a diario con noticias negativas. Conocer iniciativas que ya están funcionando hace que rompamos con el inmovilismo que nos han inculcado desde pequeños y empecemos a tomar partido. Además, como periodista, tengo el privilegio de poner voz a quienes son silenciados y la satisfacción de hacer un trabajo que dignifica a las personas de las historias que escribo, que son los protagonistas del cambio que se está viviendo en Anantapur.

¿Qué motivaciones tiene una persona que se dedica a la cooperación?

Tengo la firme convicción de que es posible cambiar el mundo y para ello es necesario actuar a nivel global, desde la política, desde la economía y desde la justicia. Sin embargo, el cambio más importante se produce a nivel individual, cuando nos damos cuenta de lo que sí somos capaces de hacer, ¡y el optimismo se contagia! Especialmente hoy, en que la legitimidad de la democracia está cada vez más en entredicho, no podemos resignarnos a votar en las elecciones y delegar nuestra responsabilidad en otras personas. Si queremos otra sociedad, tenemos que construirla nosotros mismos.

¿Han cambiado sus valores después de ver las necesidades que tiene la gente en la India?

Hay algunos aspectos de nuestra sociedad que siempre he rechazado y ahora lo creo con más determinación. Vivimos en una sociedad donde el principal valor es consumir. Y consumir, tal y como funcionan las cosas, es perpetuar la pobreza, la desigualdad y la injusticia. Un estudio afirma que el 80% de las cosas que compramos, acaban en la basura a las seis semanas. No hace falta estar a la última y tenerlo todo, podemos comprar menos y compartir más.

Es decir, actuar como grupo y no como individuos, ¿verdad?

Sí. Otro de los grandes valores que defendemos a capa y espada en Occidente es el individualismo. Algo que la sociedad de consumo ha potenciado para hacernos compradores compulsivos e insatisfechos que sólo piensan a nivel individual. Pero está demostrado que cuando nos unimos podemos conseguir lo que nos propongamos. En la India, he visto cómo las mujeres que antes no salían de sus casas y no podían ni siquiera hablar en público, cuando actúan como grupo son capaces de plantar cara a la violencia de género y de reclamar sus derechos al gobierno. En Occidente creemos que el progreso es evolutivo y acumulativo, es decir, que somos el modelo social más desarrollado. Esa superioridad es un velo que nos impide reflexionar sobre nuestra propia cultura. Nos falta mucha autocrítica.

 

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¿Qué es lo que más le ha impresionado de la India?

La situación de la mujer. La India es uno de los países que más maltrata a sus mujeres, desde que están en el útero materno hasta que acaban en la tumba. El pago de la dote hace que prefieran hijos y por ello se producen los abortos selectivos. También la mortalidad infantil es mucho mayor en las niñas que en los niños. Actualmente, tan sólo hay 914 niñas por cada 1.000 niños. Se instrumentaliza a la mujer, que es percibida como un elemento accesorio en las familias que garantiza la supervivencia del linaje masculino. La discriminación llega hasta tal punto que muchas violaciones a mujeres se producen, no para manchar el honor de la víctima, sino el de su familia. Cuando viajas a un país así entiendes lo aleatoria que es la vida: si hubiéramos nacido aquí, nuestra vida habría sido radicalmente diferente. El problema tiene una vertiente cultural, pero también otra muy importante: política. Vivimos en un mundo global en el que los países del norte son también responsables de la pobreza y el subdesarrollo de los del sur. Una vez que entiendes esto, no puedes simplemente dejar la lucha por los derechos humanos en manos de gobiernos cada vez más corruptos e ineficientes. Entender estos graves problemas que sufren los 590 millones de mujeres indias también me ha hecho reflexionar sobre la desigualdad, la inseguridad y el machismo que todavía sufrimos en nuestro propio país, donde los estereotipos femeninos ponen en la cuerda floja nuestra libertad y nuestra dignidad.

¿Qué cosas ha aprendido de su cultura?

Este país te saca del confort mental y requiere grandes esfuerzos para entenderlo. Hay muchas cosas difíciles de encajar para nosotros, como los matrimonios concertados, que todavía me tienen en jaque. Algunas de las cosas más positivas que tiene esta sociedad son a la vez algunas de las peores. Envidio su conformismo porque nosotros vivimos tanto de nuestras aspiraciones de futuro que dejamos de disfrutar el momento presente. Pero al mismo tiempo, ese excesivo conformismo hace que difícilmente las personas se movilicen y, simplemente, aceptan la vida que les ha tocado. Creen que la verdad absoluta no se puede expresar y que cualquier cosa que se diga es parte de esa gran verdad. Esto hace que sean muy respetuosos con todos los puntos de vista. Hay otros ritmos y otras maneras de trabajar, aquí estoy aprendiendo a cultivar la paciencia.

¿Cómo es el lugar donde vive, sus gentes y sus costumbres?

Vivo en una zona rural. Las mujeres se levantan a las cinco de la mañana y, después de realizar sus ofrendas de flores e incienso a los dioses, cocinan, limpian la casa y preparan a los niños. Tanto hombres como mujeres trabajan, principalmente como jornaleros porque no tienen tierras propias, aunque las mujeres cobran mucho menos que los hombres. Suelen vivir cinco personas en casas de una sola habitación y duermen en esterillas en el suelo. Por las calles circulan en una especie de caos ordenado rickshaws amarillos con gente sentada incluso en el techo, autobuses, camiones, motos, bicicletas, personas, vacas y cerdos. El entorno es muy ruidoso, porque en lugar de usar el intermitente tocan el claxon, y hay mucha contaminación. Algunas fiestas se celebran con música y bailes, pero las mujeres sólo pueden mirar. Bailar delante de los hombres es una provocación, aunque cada vez más en ocasiones especiales, como el Día de la Mujer, ellas pueden bailar y jugar en libertad.

¿Cómo es el nivel de vida allí?

La gente aquí apenas habla inglés y tiene una de las tasas de analfabetismo más elevadas de la India. El sueldo medio en Andhra Pradesh es de 84 euros al mes, pero quienes trabajan en el campo apenas ganan 21. Comen arroz tres veces al día porque las verduras son muy caras y las tasas de desnutrición y anemia son muy elevadas. Si hablamos del nivel de vida, esta zona es equiparable a Nepal, que ocupa el puesto 20 en el ranking de los peores países del mundo.

Estando tan lejos de casa, ¿qué es lo que más echa de menos?

A mi madre, la mujer que más admiro, y a mis tres hermanos. De Barcelona, la vida cultural. De Bembibre, salir a hacer la ronda por la Villavieja. También la cecina, porque la que me envió mi abuela ha sido un visto y no visto. El vino de mencía: no hay otro igual.

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¿Cuántas veces viene al año y cuántas horas necesitas para llegar?

Normalmente voy dos veces al año. Desde Anantapur a Bembibre tardo 26 horas, con dos trayectos en coche y tres en avión.

¿Tiene algún proyecto de futuro? ¿Piensa volver a España o a León?

Proyectos tengo muchos, lo que me falta es tiempo para ponerlos en práctica. Me quedaré unos meses más aquí. Después, no creo que vuelva a León. El mundo es ancho y cuanto más lo conozcamos, mejor entenderemos qué pintamos nosotros en él. Me gustaría seguir cuestionándome cosas que doy por supuesto.

 

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